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Full text of "Recursos para la Escuela Sabatica (2do. Trimestre 2008)"

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II Trimestre de 2008 
Jesús es maravilloso 

Notas de Elena G. de White 



El poder de su resurrección 



Sábado 7 de junio 

Los cautivos que salieron de las tumbas cuando Jesús resucito, fueron sus trofeos co- 
mo Príncipe vencedor. Así confirmó su victoria sobre la muerte y el sepulcro; así dio 
una garantía y las arras de la resurrección de todos los justos muertos. Los que fueron 
llamados de sus tumbas llegaron a la ciudad y aparecieron a muchos como resucita- 
dos, testificando que ciertamente Jesús había resucitado de los muertos y que ellos 
habían resucitado con él... 

Los sacerdotes y gobernantes supieron muy bien que algunas personas muertas hab- 
ían resucitado con la resurrección de Jesús. Les fueron presentados informes auténti- 
cos por diferentes personas que habían visto a los resucitados y habían conversado 
con ellos, y habían oído su testimonio de que Jesús, el Príncipe de la vida, a quien hab- 
ían muerto los sacerdotes y gobernantes, había resucitado de entre los muertos (Co- 
mentario bíblico adventista, p. 1084). 

¡Qué mañana gloriosa será la de la resurrección! ¡Qué maravillosa escena ocurrirá 
cuando Cristo venga para ser admirado por los que creen! Todos los que participaron 
de la humillación y los sufrimientos de Cristo también participarán de su gloria. Median- 
te la resurrección de Cristo, cada santo creyente que duerma en Jesús surgirá triunfan- 
te de su prisión. Los santos resucitados proclamarán: "¿Dónde está, oh muerte, tu 
aguijón? ¿Dónde, oh sepulcro, tu victoria?" (1 Corintios 15:55). 

Jesús ha triunfado sobre la muerte y ha destruido las cadenas de la tumba, y todos los 
que duermen en el sepulcro compartirán su victoria; saldrán de sus tumbas tal como 
salió el Conquistador [Mensajes selectos, tomo 2, p. 310). 



Cuando Cristo pendía de la cruz y exclamó: "¡Consumado es!" las rocas se partieron, la 
tierra tembló y algunas tumbas se abrieron. Al levantarse como triunfador sobre la 
muerte y el sepulcro, mientras la tierra se sacudía y la gloria del cielo resplandecía en 
torno del lugar sagrado, muchos de los justos muertos, obedientes a su llamamiento, 
salieron como testigos de que había resucitado. Esos santos favorecidos y resucitados 
surgieron glorificados de la tumba. Eran escogidos y santos de todas las edades, desde 



la creación hasta los días de Cristo, de manera que mientras los dirigentes judíos trata- 
ban de ocultar el hecho de que Jesús había resucitado, Dios decidió hacer salir a un 
grupo de personas de sus tumbas para que dieran testimonio de que Jesús había resu- 
citado y para que declararan su gloria. 

Estos seres resucitados eran de diferente estatura y forma, algunos de más noble as- 
pecto que otros. Se me informó que los habitantes de la tierra se habían degenerado, y 
que habían perdido su fortaleza y su gracia. Satanás tiene poder sobre la enfermedad y 
la muerte, y en todas las edades los efectos de la maldición han sido cada vez más vi- 
sibles, y el poder de Satanás más plenamente evidente. Los que vivieron en los días de 
Noé y de Abrahán se parecían a los ángeles por su forma, su apariencia y su fortaleza. 
Pero cada generación sucesiva ha sido más y más débil, y más sometida a la enferme- 
dad, y su vida ha sido de más corta duración. Satanás ha ido aprendiendo cómo per- 
turbar y debilitar a la especie. 

Los que salieron de sus tumbas después de la resurrección de Jesús se aparecieron a 
muchos diciéndoles que se había completado el sacrificio en favor del hombre, que 
Jesús, a quien los judíos habían crucificado, había resucitado de entre los muertos, y 
como prueba de sus palabras declararon: "Nosotros resucitamos con él". Dieron testi- 
monio en el sentido de que por el poder de Jesús habían sido llamados a salir de la 
tumba. A pesar de los informes mentirosos que comenzaron a circular, la resurrección 
de Cristo no pudo ser escondida por Satanás, sus ángeles o los principales sacerdotes. 
Porque este grupo santo surgido de la tumba diseminó las maravillosas y gozosas noti- 
cias. El mismo Jesús se manifestó también a sus apenados y quebrantados discípulos, 
para disipar sus temores e infundirles gozo y alegría (La historia de la redención, pp. 
241,242). 

Cuando Cristo exclamó en la cruz "Consumado es", el velo del templo se rasgó en dos. 
Ese velo significaba mucho para la nación judía. Estaba hecho con un material costosí- 
simo, de púrpura y oro, y era muy largo y ancho. Cuando Cristo exhaló el último suspi- 
ro, había testigos en el templo que contemplaron cómo el fuerte y pesado material era 
rasgado de arriba abajo por manos invisibles. Ese acto significaba para el universo ce- 
lestial y para un mundo corrompido por el pecado, que un camino nuevo y vivo había 
sido abierto para la raza caída, que todos los sacrificios ceremoniales habían terminado 
con el gran sacrificio del Hijo de Dios. El que había morado hasta ese momento en el 
templo hecho de manos, se había ido para nunca más impartirle gracia con su presen- 
cia (Comentario bíblico adventista, tomo 5, p. 1084). 

Cuando los labios de Cristo exhalaron el fuerte clamor: "Consumado es", los sacerdo- 
tes estaban oficiando en el templo. Era la hora del sacrificio vespertino. Habían traído el 
cordero que representaba a Cristo para matarlo. Ataviado con sus vestiduras significati- 
vas y hermosas, el sacerdote estaba con el cuchillo levantado, como Abrahán a punto 
de matar a su hijo. Con intenso interés, el pueblo estaba mirando. Pero la tierra tembló 
y se agitó; porque el Señor mismo se aceraba. Con un ruido desgarrador, el velo inter- 
ior del templo fue rasgado de arriba abajo por una mano invisible, que dejó expuesto a 
la mirada de la multitud un lugar que fuera una vez llenado por la presencia de Dios. En 
este lugar había morado la shekinah. Allí Dios había manifestado su gloria sobre el 
propiciatorio. Nadie sino el sumo sacerdote había alzado jamás el velo que separaba 
este departamento del resto del templo. Allí entraba una vez al año para hacer expia- 



ción por los pecados del pueblo. Pero he aquí, este velo se había desgarrado en dos. 
Ya no era más sagrado el lugar santísimo del santuario terrenal (Exaltad a Jesús, p. 
38). 



Lunes 9 de junio 

La historia de la resurrección - 2 

Los que habían asesinado a Jesús, hicieron todo lo posible para mantener su cuerpo 
en la tumba. Después del día de preparación los principales sacerdotes y los fariseos 
fueron a Pilato para decirle: "Señor, nos acordamos que aquel engañador dijo, viviendo 
aún: Después de tres días resucitaré. Manda, pues, que se asegure el sepulcro hasta el 
tercer día, no sea que vengan sus discípulos de noche, y lo hurten, y digan al pueblo: 
Resucitó de entre los muertos. Y será el postrer error peor que el primero. Y Pilato les 
dijo: Ahí tenéis una guardia; id, aseguradlo como sabéis. Entonces ellos fueron y ase- 
guraron el sepulcro, sellando la piedra y poniendo la guardia (Mateo 27:63-66). 

Para que la predicción de Cristo no se hiciera realidad, colocaron el sello romano sobre 
la piedra que cubría el sepulcro y dispusieron una guardia de soldados alrededor de la 
tumba. Poco imaginaban estos asesinos que sus esfuerzos no valdrían de nada para 
retenerlo. Todas sus precauciones serían utilizadas por Dios para reafirmar la historia 
de la resurrección. Cuanto más soldados pusieran, tantos más serían testigos de que 
había resucitado. 

Bien temprano en la mañana de la resurrección, antes que nadie hubiera llegado al se- 
pulcro, se produjo un gran terremoto. El más poderoso ángel del cielo, que ocupaba la 
posición de la que Satanás había caído, fue comisionado por el Padre para descender, 
revestido de gloria celestial, y disipar las tinieblas. Su rostro era como un relámpago y 
sus vestidos blancos como la nieve. A la guardia romana que vigilaba la tumba se le dio 
la oportunidad de soportar esta escena porque habrían de ser testigos de la resurrec- 
ción de Cristo (The Youth's Instructor, 28 de julio, 1898). 

Entonces los dos viajeros [de Emaús], jadeantes aún por la prisa con que habían reali- 
zado su viaje, contaron la historia maravillosa de cómo Jesús se les apareció. Apenas 
acabado su relato, y mientras algunos decían que no lo podían creer porque era dema- 
siado bueno para ser la verdad, he aquí que vieron otra persona delante de sí. Todos 
los ojos se fijaron en el extraño. Nadie había llamado para pedir entrada. Ninguna pisa- 
da se había dejado oír. Los discípulos, sorprendidos, se preguntaron lo que esto signifi- 
caba. Oyeron entonces una voz que no era otra que la de su Maestro. Claras fueron las 
palabras de sus labios: "Paz a vosotros". 

"Entonces ellos espantados y asombrados, pensaban que veían espíritu. Mas él les di- 
ce: ¿Por qué estáis turbados y suben pensamientos a vuestros corazones? Mirad mis 
manos y mis pies, que yo mismo soy: palpad, y ved; que el espíritu ni tiene carne ni 
huesos, como veis que yo tengo. Y en diciendo esto, les mostró las manos y los pies". 

Contemplaron ellos las manos y los pies heridos por los crueles clavos. Reconocieron 
su voz, que era como ninguna otra que hubiesen oído. "Y no creyéndolo aún ellos de 
gozo, y maravillados, díjoles ¿Tenéis aquí algo de comer? Entonces ellos le presenta- 



ron parte de un pez asado, y un panal de miel. Y él tomó, y comió delante de ellos". "Y 
los discípulos se gozaron viendo al Señor". La fe y el gozo reemplazaron a la increduli- 
dad, y con sentimientos que no podían expresarse en palabras, reconocieron a su re- 
sucitado Salvador (El Deseado de todas las gentes, pp. 743, 744). 



Martes 10 de junio 

Dio poder a un movimiento 

Los enemigos de Cristo pensaron que los discípulos serían intimidados por los eventos 
que habían ocurrido y abandonarían su fe en el Mesías. Pero se sorprendieron al ver 
con qué valentía estos humildes seguidores de Cristo continuaron con la obra que él 
había dejado. Multitudes llegadas de todas partes de la tierra se habían reunido en Je- 
rusalén durante el tiempo en que Jesús había sido crucificado, y habían escuchado los 
falsos informes que sus enemigos habían hecho circular. Delante de esas mismas mul- 
titudes sus discípulos, llenos del Espíritu Santo, dieron testimonio de la verdad expre- 
sada por Cristo cuando dijo: "Yo soy la resurrección y la vida". La predicación del 
evangelio que estos visitantes escucharon fue llevada a sus respectivas regiones jun- 
tamente con el relato de la crucifixión y la manifestación del Espíritu en Pentecostés 
que ellos mismos habían testificado. De esa forma el mensaje de arrepentimiento y re- 
misión de pecados mediante el nombre de Cristo, fue llevado a muchos lugares (Loma 
Linda Messages, pp. 242, 243). 

"Y con gran poder los apóstoles daban testimonio de la resurrección del Señor Jesús, y 
abundante gracia era sobre todos ellos" (Hechos 4:33). 

¿Cuál fue el resultado del derramamiento del Espíritu en el día de Pentecostés? Las 
alegres nuevas de un Salvador resucitado fueron llevadas a las más alejadas partes del 
mundo habitado. Mientras los discípulos proclamaban el mensaje de la gracia redento- 
ra, los corazones se entregaban al poder de su mensaje. La iglesia veía fluir a ella con- 
versos de todas direcciones. Los apóstatas se reconvertían. Los pecadores se unían 
con los creyentes en busca de la perla de gran precio. Algunos de lo que habían sido 
los más enconados oponentes del evangelio, llegaron a ser sus campeones... Cada 
cristiano veía en su hermano una revelación del amor y la benevolencia divinos. Un so- 
lo interés prevalecía, un solo objeto de emulación hacía olvidar todos los demás. La 
ambición de los creyentes era revelar la semejanza del carácter de Cristo, y trabajar pa- 
ra el engrandecimiento de su reino (La maravillosa gracia de Dios, p. 218). 

...El día del Pentecostés el Espíritu Santo fue derramado sobre los discípulos en ora- 
ción, y ellos testificaron acerca de su origen adondequiera que iban. 

El espíritu misionero fue derramado en provisión ilimitada, y los discípulos testificaron 
de un Salvador crucificado y resucitado, y convencieron al mundo de pecado, de justi- 
cia y del juicio venidero. Hicieron exactamente lo que el Señor levantado de la tumba 
les había indicado, y comenzaron a publicar el evangelio en Jerusalén, en el mismo lu- 
gar donde existían los prejuicios más profundos, y donde prevalecían las ideas más 
confusas con respecto al que había sido clavado en la cruz como un malhechor. Tres 
mil personas recibieron el mensaje y se convirtieron. No fueron intimidados por la per- 
secución, la cárcel y la muerte, más bien continuaron hablando con todo denuedo las 



palabras de verdad, presentando a los judíos la obra, la misión y el ministerio de Cristo, 
su crucifixión, resurrección y ascensión; y cada día se añadían creyentes, hombres y 
mujeres, al Señor (Recibiréis poder, p. 317). 



Miércoles 11 de junio 

Proporcionó autoridad para testificar 

Después que Cristo resucitó de los muertos, los sacerdotes difundieron por todas par- 
tes el falso informe que su cuerpo había sido robado por los discípulos mientras la 
guardia romana dormía. No debe sorprendernos que se hayan preocupado al escuchar 
que Pedro y Juan estaban predicando acerca de la resurrección de Aquel a quien ellos 
habían crucificado, y que los conversos a la nueva fe se multiplicaban rápidamente. El 
jefe de la guardia del templo y algunos otros oficiales eran saduceos y estaban muy 
molestos por la predicación de los discípulos, porque ponía en peligro su reputación al 
hablar en contra de una de sus doctrinas favoritas. Por eso, arrestaron a Pedro y a 
Juan y los pusieron en la prisión, porque era muy tarde para investigarlos. 

Aunque la evidencia de la resurrección de Cristo era demasiado evidente como para 
dudar, muchos endurecieron sus corazones y rehusaron arrepentirse del terrible acto 
que habían cometido al llevar a Cristo a la muerte. Cuando el poder del cielo descendió 
sobre los apóstoles de una manera tan evidente, los líderes judíos temieron usar la vio- 
lencia contra ellos, pero la malicia y amargura siguieron llenando sus corazones (Re- 
view and Herald, 8 de junio, 1911). 

Cuando los discípulos volvieron a Jerusalén, la gente los miraba con asombro. Des- 
pués del enjuiciamiento y la crucifixión de Cristo, se había pensado que se mostrarían 
abatidos y avergonzados. Sus enemigos esperaban ver en su rostro una expresión de 
pesar y derrota. En vez de eso, había solamente alegría y triunfo. Sus rostros brillaban 
con una felicidad que no era terrenal. No lloraban por sus esperanzas frustradas; sino 
que estaban llenos de alabanza y agradecimiento a Dios. Con regocijo, contaban la ma- 
ravillosa historia de la resurrección de Cristo y su ascensión al cielo, y muchos recibían 
su testimonio. 

Los discípulos ya no desconfiaban de lo futuro. Sabían que Jesús estaba en el cielo, y 
que sus simpatías seguían acompañándolos. Sabían que tenían un amigo cerca del 
trono de Dios, anhelaban presentar sus peticiones al Padre en el nombre de Jesús... 
Extendían siempre más alto la mano de la fe, con el poderoso argumento: "Cristo es el 
que murió; más aún, el que también resucitó, quien además está a la diestra de Dios, el 
que también intercede por nosotros". Y el día de Pentecostés les trajo la plenitud del 
gozo con la presencia del Consolador, así como Cristo lo había prometido (El Deseado 
de todas las gentes, p. 772). 



Jueves 12 de junio 

Garantiza nuestra propia resurrección 

Cristo resucitó de entre los muertos como primicias de aquellos que dormían. Él estaba 
representado por la gavilla agitada, y su resurrección se realizó en el mismo día en que 



esa gavilla era presentada delante del Señor... La gavilla dedicada a Dios representaba 
la mies. Así también Cristo, las primicias, representaba la gran mies espiritual que ha 
de ser juntada para el reino de Dios, su resurrección es figura y garantía de la resurrec- 
ción de todos los justos muertos. "Porque si creemos que Jesús murió y resucitó, así 
también traerá Dios con él a los que durmieron en Jesús". 

La resurrección de Jesús fue una muestra de la resurrección final de todos los que 
duermen con él. El cuerpo resucitado del Salvador, su semblante, el acento de su voz, 
eran familiares a sus seguidores. De la misma manera se levantarán los que duermen 
en Jesús. Conoceremos a nuestros amigos del mismo modo como los discípulos cono- 
cieron a Jesús. Pueden haber estado deformados, enfermos o desfigurados en esta vi- 
da mortal; no obstante en su cuerpo resucitado y glorificado se conservará perfecta- 
mente su identidad individual y reconoceremos, en el rostro radiante con la luz reflejada 
del rostro de Jesús, los rasgos de los que amamos. 

Nos recibirá con honores, se nos entregará una corona de vida que nunca perderá su 
resplandor (La fe por la cual vivo, p. 182). 

Entre las oscilaciones de la tierra, las llamaradas de los relámpagos y el fragor de los 
truenos, el Hijo de Dios llama a la vida a los santos dormidos. Dirige una mirada a las 
tumbas de los justos, y levantando luego las manos al cielo, exclama: "¡Despertaos, 
despertaos, despertaos, los que dormís en el polvo y levantaos!" Por toda la superficie 
de la tierra, los muertos oirán esa voz; y los que oigan, vivirán. Y toda la tierra repercu- 
tirá bajo las pisadas de la multitud extraordinaria de todas las naciones, tribus, lenguas 
y pueblos. De la prisión de la muerte sale revestida de gloria inmortal gritando: "¿Dónde 
está, oh muerte, tu aguijón? ¿Dónde, oh sepulcro, tu victoria?" (1 Corintios 15:55). Y los 
justos vivos unen sus voces a las de los santos resucitados en prolongada y alegre 
aclamación de victoria (¡Maranata: El Señor viene!, p. 297).